[1104] antilobos
Vampiro Clan
Fundado:
del dia 05.11.2007 a las 20:58:44
Descripción del clan
Soy un asesino. La misión que se me ha impuesto por fuerzas misteriosas, desde el comienzo del tiempo, ha sido matar, aniquilar las funciones y convulsiones de los cuerpos humanos. Desde que fui un niño supe acerca de mis designios; desde que observe, con ojos maravillados, el pausado brotar de la sangre por heridas y contusiones, adivine mi oficio. Siempre lo he sabido y siempre, como un constante tormento, esta circunstancia me castiga y me proporciona a la vez un inexplicable placer.

Así, la noche se posa sobre mis instintos, como un ineludible designio de la muerte. La oscuridad es el mas preciso elemento para realizar mis trabajos; es el invariable componente que agita mis excitaciones y macabras fuerzas; la justificación para que mis manos deseen sentir el contacto de los músculos y las venas endurecidas por la veloz corriente del liquido caliente y escarlata.

Cada noche emerjo ileso de mi escondite y rondo las calles de la ciudad mostrando una inescrutable expresión de satisfacción en mi cara, entregándome a la lejana admiración de los aparadores iluminados de los grandes almacenes, del atrio de la Gran Catedral Central, del cielo iluminado por miles de puntos centelleantes que sugieren la atomización que se produce al momento de la transfiguración, cuando se desencadena la separación de todos y cada uno de los componentes que conforman cada ser; y finalmente el desgarramiento y la desaparición de la materia que da consistencia y forma a cada uno de nosotros. Siendo un asesino, como lo soy, para mi no cuentan los espíritus, las esencias ni las almas. Esos elementos metafísicos o religiosos carecen de sentido en la extraña conformación de mi ocupación.

Pero sigo rondando las avenidas, aunque, como usted podrá suponer, prefiero las vías mas sombrías y heladas; los vientos gélidos de una buena noche de invierno son de mi entero agrado, y soy capaz de soportarlos estoicamente. Su efecto sobre mi piel traslucida y mis sentidos todos, es aquel de los narcóticos y pacificadores de la ansiedad; porque experimento ansiedad, ella me invade cada vez, cada noche que presiento este sentimiento de aniquilación en mi mente; mi pecho se aviva por llegar al lugar exacto, al momento mas oportuno donde me espera, ingenua e incauta, mi próxima victima. Hombre o mujer, niño o anciano, cada uno tiene su especial forma de complacer mi oficio de sombras. Suena duro, y acaso cruel, lo se, pero mi naturaleza depredadora no me permite hacer diferencias entre edades u otras cualidades superficiales; soy un asesino y mis fines se consuman invariablemente, cada noche, en el cuerpo de la persona ideal, que puede ser cualquiera, hasta alguien como tu. Como habrá notado, no soy de manera alguno discriminatorio, no soy capaz de excluir a nadie, y no resisto que alguien pretenda excluirse.


Esta noche despejada de enero, se me ha ocurrido una idea extraordinaria, un pensamiento totalmente distinto a todos aquellos que se generan en las intrincadas circunvalaciones de la masa encefálica que sostengo incólume y orgullosamente entre mis hombros estrechos; esta noche entrare a un restaurante concurrido, uno escogido al azar, a ese que ubico ahora a unos cuantos metros desde donde me encuentro ahora; por vez primera entrare a ese fastuoso lugar y ordenare como cualquier otro cliente, un excelente plato de viandas, una buena cerveza importada, y quizás, un magnifico postre de radiantes fresas glaseadas. Nadie sospechara que el apuesto joven que se acomoda despreocupadamente en la mesa dispuesta, es la viva expresión del peligro, del mal asechante, una bestia espantosa y salvaje revestida y disfrazada en finas ropas de caballero, atrayentemente perfumado con la mas delicada esencia; nadie sospechara. Yo, en mis adentros cavernosos, en mis entrañas bestiales, esbozaré una sonrisa picara y juguetona, casi coqueta; luego me contorsionare a razón de una estrepitosa carcajada imaginaria y potente, gozaré íntimamente de mi condición incógnita hasta sentir el gozo de la felicidad habida siniestramente.

Entro al restaurante y solicito una mesa desde donde contemplo ampliamente el salón principal; es la mesa once. Me ubico y ordeno resueltamente todo lo que había premeditado en el corto trayecto hasta este lugar pletórico de victimas, y mientras como, mientras corto un sanguinolento trozo de bistec, mientras mastico paulatinamente un champiñón de exquisito sabor, mientras sorbo la espumosa cerveza en pausadas succiones de buen bebedor, lo selecciono al fin. Es un hombre corpulento, de piel aceitunada y gestos parsimoniosos y educados. Calificarlo como el mejor candidato para el recuento de la velada, ha sido una ardua tarea, pues los candidatos dispuestos han presentado cierta fascinación singular; como esa anciana de cabellera acorazada y lujosas prendas, a quien sospecho demasiada débil e ingenua para dar alguna lucha contra mis intenciones, o ese señor regordete que habla solamente después de saborear un jugoso bocado, o ese niño que inocentemente fija su vista sobre mi vistosa corbata sin capacidad de imaginar mis horribles anhelos, en fin...

Ahora observo al candidato con mas intensidad y calculo que dentro de unos veinte minutos, a lo mucho, abandonara el lugar; lo intuyo ya que su plato esta casi vacío y porque se fumara un cigarrillo antes de lanzarse a la calle; observo con cierta escrupulosidad que sus dientes están manchados. Y en efecto, quince minutos después se levanta de su asiento, paga su cuenta, se despide amistosamente de un esbelto camarero, y abriendo las puertas de la salida principal de par en par, ignora su terrible destino.

Yo no me demoro mas en terminar mi comida y bebida. Alzo la mano sin premura, y un camarero exactamente igual al otro que ha dejado escapar a mi presa, llega hasta mí reverenciándome. Le pido la cuenta sin mas preámbulos y este se apresura en una carrera disimulada para traérmela. Regresa a mi en un par de minutos. Deposito en el platito de plata la cantidad demandada y algo mas para el mesero. Tomo dos agónicos pero profundos respiros, y me levanto de la mesa también disimulando el apuro. Salgo a la calle y comienzo a escudriñar la oscuridad como una fiera extraviada. En mis ojos arde el fuego de la exaltación; lo siento cerca, todos mis sentidos señalan hacia un extremo de la Gran Plaza que ahora esta semi desierta, y allá vislumbro su silueta pisando las baldosas de la explanada con un paso aletargado, casi trastabillante.

Comienzo a seguirle. Primero retraso el paso para que no se borre del todo de mi alcance visual. Cuando ya estoy mas cerca, demoro la carrera y comienzo a emboscarle. Me voy acercando lenta pero inexorablemente; recibo la brisa que va cargada con el vaho de su colonia, se diría que casi puedo oler el sudor debajo sus ropas.

Comienzo a respirar exaltado. Me encuentro en un estado imperceptible de guardia. Postergo desesperadamente el momento del zarpazo final; palpando mansamente la navaja que llevo en la bolsa de mi pantalón; el arma blanca de la sangre que pronto habrá de correr entre mis manos, inexorable y tibia como recompensa de mi acecho, el liquido sagrado que ansío cada vez que la noche se convierte en mi cómplice y me auxilia como una abnegada amiga, a matar.
El sonido de sus pasos comienza a confundirse con los míos. Las baldosas parecen amplificar el ansia del momento; nuestros pasos retumban contra las murallas invisibles de la oscuridad. Ya no resisto mas y comienzo a concretar mi plan. Calculo que a unos cincuenta pasos de allí, a la izquierda, y escondido de la luz mortecina de los faroles de la plaza, se encuentra un callejón muy apropiado para mis designios. Mi presa se dirige en la dirección correcta, solamente es cuestión de acercarse lo suficiente, y no demasiado, para cuando estemos cerca de la callejuela, tumbarle, someterle y acuchillarle. Todo va de maravilla. Me siento de maravilla. La noche es perfecta para aniquilar y saciar mi apetito. Soy despiadado y calculador. Ya puedo sentir sobre mi lengua el sabor ferroso de su sangre brotando incontenible de su cuerpo inerte y quejumbroso; la sangre es mi fatal designio, la sangre viva de mi presa moribunda.

Me voy acercando y él no se percata del peligro de mi proximidad. Mis pasos son mas bien felinos, y cuando ya estamos a dos brazadas de distancia, lo atrapo por el cuello y lo introduzco bruscamente en el callejón. Caemos al suelo jadeantes y él comienza a maldecir; palabras que realmente no me interesan. Sus insultos solamente engrandecen mi momento de gloria. Percibo bajo mi peso el cuerpo de aquel hombre inocente. Es mucho más joven a esta cercanía, y es apuesto. Mis pulsaciones comienzan a ensanchar las venas y arterias de mi cuello, de mis brazos, de mi cuerpo entero excitado por el alcance de mi hazaña. Él forcejea locamente pero logro mantenerlo dominado bajo mi peso, solamente debo colocarlo en la posición correcta, sacar mi navaja rutilante y aséptica y clavársela en el costado, y luego, para dar un final total a la ineficaz lucha, es imprescindible que perfore su corazón agitado.

Logro alcanzar mi navaja. Mi mano la siente fría y rígida. La encumbro al aire y se la muestro al muchacho que ahora comienza a lloriquear que lo deje ir, que me dará todo a cambio de su vida, que no lo dañe, que será sumiso y que no me delatara. Demasiado tarde, ya mis intenciones se han resuelto. Mi ego suplica muerte y sangre; mi alma descarriada demanda la agonía de aquel individuo; mi vida súplica muerte. Levanto mi vista al cielo estrellado y alcanzo a pensar que mi existencia es una misión, que mis actos son el designio de algún dios depravado allá en lo alto, que mi presa es la perfecta ofrenda a su culto.

Y de repente todo es quietud. El chico ya no grita, yo ya no jadea, el sudor resbala por mí frente a borbotones y cae sobre la cara de ese hombre que me ha aniquilado. Sobrecogido por la sorpresa, me llevo la mano a mí estomago y caigo a su lado, totalmente derrotado. Él me suspira al oído que he sido su mejor batalla, su mejor ofrenda a sus dioses; el asesino se ha convertido en la victima. Me comenta suavemente como me ha observado en el restaurante, como ha calculado cada gesto para atraerme aquí y convertirme en su cómplice de exterminio.

Me desangro. Ahora comprendo todo. Este debía ser mi final, no existía otro desenlace posible. El hombre me besa en la frente y sus dulces ojos centellean como los de un demonio. Me deja abandonado, mientras incrédulo, comienzo a sentir el desasosiego de la derrota. El se aleja lánguidamente hasta salir del callejón; su sombra deja un rastro etéreo y sobrenatural sobre el suelo húmedo y sucio.

Mas lejos, la plaza entera simula el silencio de un sepulcro.
Miembros del Clan: 8
Nombre: Nivel: Rango:
momentum 15 jefe
12miki12 12 soldado
extrime 10 subjefe
a310 9 soldado
luis91 9 Candidato
harris91 8 Candidato
dimitrian 6 Candidato
titanius 4 soldado
Vista de la guarida del Clan:
 


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