Vampiro Clarimonda
Clan:
Descripción del personaje
* La maléfica Clarimonda es una célebre y extravagante Vampiresa que seducía a sus víctimas con el único fin de sorberles, entre dulces besos y caricias, toda la sangre que había en sus venas.
En Venecia la llaman "La Muerta Enamorada", durante siglos muchos encontraron la muerte entre los preciosos brazos de la bella Clarimonda, pero el amor de un humilde Sacerdote le ayudó a recuperar parte de su perdida humanidad. Desde entonces ya no es la misma, no mata indiscriminadamente por pura diversión, solo despliega sus sensuales poderes vampíricos para poderse alimentar y poder vivir eternamente.
Poco se sabe de aquel Sacerdote que robó el corazón de esta Dama, parece ser que se llamaba Romualdo; recientemente se a podido encontrar una carta que mandó cuando contaba con sesenta y seis años de edad, a un Novicio de confianza, en ella le narraba el apasionado romance, que mantuvo con la bella Vampiresa Veneciana llamada Clarimonda. En las observaciones adjuntas al relato que se transcribe, expondremos a continuación dicha carta:
- Hermano, tú me preguntas si conozco el amor.
Pues bien, lo conozco. Se trata de una historia singular y terrible y, cuarenta y dos años más tarde, casi no me atrevo a remover las cenizas de semejante recuerdo. Nunca relataría esta historia a un alma menos noble que la tuya, ya que los hechos ocurridos son tan sorprendentes que me niego a pensar que hayan existido. Pese a ello, lo cierto es que durante más de tres años fui víctima de un espejismo único y diabólico. Yo, un mísero Sacerdote de provincias, amé como nadie, con furia y tesón, y con tal fuerza que me sorprende que no haya explotado mi corazón, viví en sueños, noche tras noche (¡y quiera Dios que solo fuese un sueño!), una doble existencia; una totalmente distinta de la otra.
Fue suficiente que posara una mirada complaciente sobre aquella bellísima mujer, para caer en su hechizo.
Durante el día era un casto Sacerdote entregado a la oración; al anochecer, y en cuanto cerraba los ojos, me convertía en un joven Señor, amante de los dados, bebedor y blasfemo. De este mismo modo, al amanecer creía dormirme para soñar que me convertía de nuevo en Sacerdote.
Todo comenzó cuando yo tenía veinticuatro años, desde la infancia tuve la vocación de Sacerdote, y a ello dediqué todos mis estudios, hasta entonces mi vida sólo había sido un largo noviciado; y a pesar de mi corta edad mis superiores me consideraron digno de dar el último paso, el de ordenarme Sacerdote. Nunca vacilé en aceptarlo, y cuando llegó el maravilloso día de mi ordenamiento me encaminé a la iglesia con gran alegría y entusiasmo. Pero en la sagrada ceremonia levanté por casualidad la cabeza, que hasta entonces había tenido agachada, y vi delante de mí, a una distancia tan corta que casi habría podido tocarla -aunque en realidad estaba muy lejos, al otro lado de la balaustrada-, a una mujer extrañamente bella y espléndidmante vestida. En ese instante cambió mi vida. El resplandor de Cristo se disipó, palidecieron los cirios igual que las estrellas al alba, y una oscuridad absoluta cubrió el templo. La deliciosa criatura se destacaba entre las sombras como si fuese la aparición de un ángel; parecía iluminada por su propio fulgor, del cual el día era apenas un triste reflejo.
Desvié la mirada, dispuesto a no dejarme dominar por la influencia de objetos externos, porque la progresiva distracción apenas me dejaba ser dueño de mis actos.
Un minuto después abrí los ojos de nuevo, porque a través de mis pestañas conseguía verla radiante con los colores del prisma, en medio de una penumbra púrpura, semejante a la que aparece cuando encaramos al sol.
¡Era tan hermosa! Los pintores más célebres, que después de buscar en el cielo la belleza ideal nos han legado el divino retrato de la Virgen, ni siquiera logran acercarse a una realidad tan maravillosa. No hay verso de poeta ni paleta de pintor capaz de describirla. Era alta, con un talle y un porte dignos de una Diosa; sus cabellos, delicadamente rubios, se deslizaban sobre sus sienes como si fuesen ríos de oro: parecía una Reina con su diadema; su frente, con su traslúcida y azulada palidez, se extendía de forma serena y apacible sobre el arco de sus cejas castañas, en una característica que lograba acentuar el efecto de sus ojos verde mar, de una vivacidad y esplendor sencillamente insondables.
¡Que ojos! Podían determinar, con un guiño, el destino de un hombre; nunca he visto otros ojos tan llenos de vida, de limpidez, de ardor, tan brillantes y rutilantes; despedían rayos que, como venablos, me alcanzaban el corazón. No sé si la llama que los encendía procedía del cielo o del infierno, pero no hay duda de que venía de alguno de estos dos lugares. Esa mujer era un Ángel o un Demonio; puede que ambos. Desde luego no procedía del vientre de Eva, nuestra Madre común.
Una dentadura perfecta resplandecía en su sonrisa, y pequeños hoyuelos herían el delicado raso de sus adorables mejillas con cada leve gesto de su boca. Su nariz mostraba la suavidad y orgullo propios de una Reina, demostrando la nobleza de su origen. Sobre la piel tersa y reluciente de sus hombros titilaban brillantes de ágata, y le caían sobre el pecho hileras de gruesas perlas doradas, de un tono idéntico a su cuello. A veces su cabeza se erguía con un movimiento ondulante de serpiente o de vanidoso pavo real, dotando un ligero temblor a la alta gorguera bordada que la rodeaba como si fuese un enrejado de plata.
Lucía un traje de terciopelo nacarado, y de sus amplias mangas forradas de armiño brotaban sus manos patricias, infinitamente delicadas, con dedos largos y torneados, cuya transparencia ideal el día atravesaba como si fuese la aurora.
Recuerdo cada detalle con la misma nitidez que si lo hubiese visto ayer, y aunque me abrumaba absolutamente todo aquello, nada se me escapaba; el rasgo más leve, el pequeño lunar en el extremo de su barbilla, el imperceptible vello de la comisura de sus labios, el terciopelo de su frente, la trémula sombra que las cejas lanzaban sobre sus mejillas: todo lo percibí con asombrosa lucidez.
Noté que al admirarla se habrían en mí puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. Sus ojos eran un poema animado por la música de sus miradas.
Aquellos ojos me decían:
- Si deseas ser mío, yo te haré más feliz que el propio Dios en su paraíso; los Ángeles te envidiaran. Rompe ese sudario con el que pretenden envolverte; yo soy la belleza, yo soy la juventud, yo soy la vida: si vienes, seremos el amor.¿Qué podría ofrecerte en cambio Jehová? Nuestra existencia se deslizará como un sueño y se convertirá en un beso eterno. Derrama el vino de ese cáliz y serás libre. Te conduciré a islas desconocidas, dormirás a mi lado en un lecho de oro y bajo un dosel de plata; porque te amo y deseo arrebatarte a tu Dios, hacia que tantos corazones vierten ríos de amor, sin alcanzarlo jamás.
Me pareció escuchar esas palabras como si estuviesen acompañadas de un acorde infinitamente dulce, en ese momento no deseaba otra cosa que renunciar a Dios, no deseaba otra cosa que sucumbir a los encantos de aquella bella Damisela que me miraba tan dulcemente, no deseaba otra cosa que salir corriendo con ella a ese sitio que me prometían sus miradas, hice tantos esfuerzos para gritar que no quería ser Sacerdote que habría podido arrancar una montaña. Pero no lo logré. Para cuando quise reaccionar la Ceremonia se había consumado: era Sacerdote.
Volví a mirar el precioso rostro de la Doncella, y pude comprobar que con toda su hermosura me miraba como si fuera una muchacha cuyo amante cae a su lado, repentinamente fulminado; aparté la mirada con una expresión de enorme culpabilidad, y me encaminé hacia la puerta de la iglesia como si me hubieran condenado a prisión para el resto de mis días.
Estaba a punto de cruzar el umbral cuando, bruscamente, una mano aferró la mía. ¡Una mano de mujer! Era fría como la piel de una serpiente, y a pesar de ello su huella ardió en mi piel como si fuese una marca de hierro al rojo vivo. Era ella.
- ¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho?
- me susurró, e inmediatamente se perdió entre la multitud.
Luego en el camino hacia el seminario, un Paje negro, extrañamente vestido, se me acercó y me dio, sin detener su paso, una cartera pequeña, recamada en oro, haciéndome señales para que la guardase. La dejé caer dentro de la manga y esperé a encontrarme de nuevo solo en mi celda. Hice saltar el broche; solo tenía dos hojas, con estas palabras escritas: “ Clarimonda, Palazzo Concini”.
Al cabo de unos días el Abad Serapione me condujo a la lejana parroquia que me habían designado como Sacerdote.
Pasó un año y todavía no había logrado olvidarme de la belleza sobrenatural de Clarimonda, del brillo incandescente de sus ojos, de la marca de fuego de su mano...
¡Estaba obsesionado con volver a verla!
Pero una oscura noche, un hombre de piel cobriza, ostentosamente vestido con ropas extrajeras, vino a buscarme para que oficiara un servicio fúnebre; una gran Dama de alcurnia se estaba muriendo, y necesitaba que le diese la extremaunción.
Aquella poderosa Dama resultó ser la bella Clarimonda, acababa de morir poco antes de que nosotros llegáramos, sus criados lloraban su muerte, y yo al verla, y comprobar que la había perdido para siempre, lloré su perdida desconsoladamente, lloré como nunca lo había hecho antes...
Antes de irme de su lado, no pude resistir la tentación, de besar los dulces labios de mi amada. Pero, cual fue mi sorpresa, que Clarimonda respondió mágicamente a mi beso, y anunció dulcemente, antes de volver a expirar de nuevo, que volvería a verme muy pronto.
Poco tiempo después, y durante los siguientes tres años, recibí cada anochecer la visita de mi amada Clarimonda, todas las noches me llevaba con ella a Venecia para que fuera su amante. Pero cada amanecer volvía a despertarme en mi parroquia; asta que al volver a caer la noche, de nuevo volvía a encontrarme al lado de Clarimonda...ni siquiera hoy día he conseguido saber si aquello que viví, durante esos tres años, fue realidad o una tenebrosa ensoñación.
Mi extraño comportamiento inquietó al Abad Serapione, que se acabó enterando de mi sombría situación con Clarimonda.
Este no tardó en prevenirme contra ella, diciéndome con inquietud y severidad:
- Hijo mío, tengo que advertirte que tienes un pie al borde del abismo. Ten cuidado de no caer. Las garras de Satanás son largas y sus tumbas no son siempre definitivas. Un triple sello debería cerrar la lápida de Clarimonda porque, según se dice, es una Vampiresa, aunque yo creo que es el propio Belcebú en persona. Has de saber que durante siglos, ella a regresado en más de una ocasión de entre los muertos. ¡Que Dios cuide tu alma, Romualdo!
Serapione estaba en lo cierto, casi todos los amantes que había tenido la bella Clarimonda habían encontrado un final horrible o violento. Y la lóbrega leyenda que se cernía sobre ella era realmente extraña.
Se cuenta que la Gran Cortesana Clarimonda era la Dama más poderosa y rica de toda Italia, en vano los jóvenes Patricios y hasta los ancianos del Consejo de los Diez le hicieron fabulosas propuestas de amor; un Foscari llegó a pedirle su mano; incluso el Príncipe, loco de amor por ella, le regaló el admirable Palacio Concini. Clarimonda estaba saturada de oro y riquezas, y su influencia no conocía límites; ella habría determinado en más de una ocasión, entre las sábanas de sus poderosos amantes, las decisiones políticas más importantes del país.
Toda Italia se rendía a sus pies.
Una noche la bella Clarimonda fue hallada muerta en su Palacio, después de una orgía que duró ocho días y ocho noches. En medio de un esplendor infernal, se repitieron las perversidades de los festines de Balthazar y de Cleopatra. Esclavos negros que hablaban una diabólica lengua desconocida servían a los ilustres invitados; la librea menor de ellos habría servido de gala de un Emperador. Una oscura y hermosísima Dama, perteneciente a la Alta Aristocracia de la Europa del este, había sido invitada a ese depravado festín, se ha rumoreado que aquella joven y Noble Señora, era la Condesa Elizabeth Bathory (La Condesa Sangrienta), conocida también como Carmilla.
Carmilla era una hermosa y peligrosa Vampiresa que se bañaba en la sangre de sus víctimas, para mantener su preciosa piel delicadamente suave y blanca.
Muchos afirman, que en la octava noche de aquel pecaminoso evento, poco antes de encontrar a Clarimonda muerta; en una lujosa estancia del Palacio Concini, las bellísimas Carmilla y Clarimonda mantuvieron una apasionada aventura amorosa, parece ser, que a través de voluptuosos Besos de Sangre, Carmilla convertiría a Clarimonda en su Hija de la Oscuridad.
Unos días después de aquella noche, Clarimonda volvió mágicamente de la Tumba, totalmente restablecida, aunque ahora no solía dejar sus habitaciones si no era de noche.
En el Palacio Concini comenzaron a tener lugar hechos verdaderamente terribles, y las gentes que se aventuraban a entrar a sus fastuosas salas, desaparecían sin dejar señal de vida.
No obstante, no pude dejar de amar a Clarimonda, ella no cesaba de prometerme una y otra vez, que hasta que me conoció solo había experimentado el deseo, jamás el amor.
Pasó el tiempo, y la bella Clarimonda y yo nos amábamos más que Romeo y Julieta, pero una noche pude descubrir toda la verdad, todas aquellas leyendas eran ciertas, mi amada Clarimonda se estaba sirviendo de mi sangre para mantenerse viva. Lo descubrí al no quedarme dormido profundamente como todas las noches, ya que en esa ocasión, no me había bebido la exquisita copa de vino sazonado, que Clarimonda solía prepararme.
Al día siguiente de aquel horrible suceso, cuando desperté en la iglesia como Sacerdote, el Abad Serapione más serio y preocupado que nunca me dijo:
- No contento con perder tu alma, quieres perder también el cuerpo. ¡Joven infeliz, cómo has podido caer en esa trampa!
- Después de decirme aquellas palabras, me arrastró hasta el cementerio, ante la gran tumba de Clarimonda.
El Abad Serapione retiró la Lápida que sellaba aquella Tumba; y obligándome a contemplar como la bella Clarimonda descansaba en su Ataúd, pronunció:
- ¡Ah, Demonio! ¡Estás aquí! ¡Cortesana maldita, bebedora de sangre y de oro!
Roció el precioso cuerpo de Clarimonda con agua bendita.
En cuanto el sagrado líquido tocó a mi amada, esta se desvaneció en el vacío, en forma de polvo milenario; y mientras miraba aquel amargo momento con tristeza, comprendí que en ese instante, mi vida y mi alma se habían salvado.
Aún así siempre lamentaré su ausencia, que todavía hoy lloro.
Lo único que me tranquiliza, es que aquello no bastó para destruir a la bella Clarimonda, ya que poco tiempo de acontecer aquello, la Gran Clarimonda se presentó ante mí, y me dijo:
- ¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho? ¿Por qué has oído a ese Sacerdote necio? ¿Es que no eras feliz? ¿Qué te hice para que profanaras mi Tumba y dejaras al descubierto las miserias de mi nada? Todo el diálogo entre nuestras almas y cuerpos se ha roto ahora y para siempre. Adiós. Sentirás mi ausencia.
En Venecia la llaman "La Muerta Enamorada", durante siglos muchos encontraron la muerte entre los preciosos brazos de la bella Clarimonda, pero el amor de un humilde Sacerdote le ayudó a recuperar parte de su perdida humanidad. Desde entonces ya no es la misma, no mata indiscriminadamente por pura diversión, solo despliega sus sensuales poderes vampíricos para poderse alimentar y poder vivir eternamente.
Poco se sabe de aquel Sacerdote que robó el corazón de esta Dama, parece ser que se llamaba Romualdo; recientemente se a podido encontrar una carta que mandó cuando contaba con sesenta y seis años de edad, a un Novicio de confianza, en ella le narraba el apasionado romance, que mantuvo con la bella Vampiresa Veneciana llamada Clarimonda. En las observaciones adjuntas al relato que se transcribe, expondremos a continuación dicha carta:
- Hermano, tú me preguntas si conozco el amor.
Pues bien, lo conozco. Se trata de una historia singular y terrible y, cuarenta y dos años más tarde, casi no me atrevo a remover las cenizas de semejante recuerdo. Nunca relataría esta historia a un alma menos noble que la tuya, ya que los hechos ocurridos son tan sorprendentes que me niego a pensar que hayan existido. Pese a ello, lo cierto es que durante más de tres años fui víctima de un espejismo único y diabólico. Yo, un mísero Sacerdote de provincias, amé como nadie, con furia y tesón, y con tal fuerza que me sorprende que no haya explotado mi corazón, viví en sueños, noche tras noche (¡y quiera Dios que solo fuese un sueño!), una doble existencia; una totalmente distinta de la otra.
Fue suficiente que posara una mirada complaciente sobre aquella bellísima mujer, para caer en su hechizo.
Durante el día era un casto Sacerdote entregado a la oración; al anochecer, y en cuanto cerraba los ojos, me convertía en un joven Señor, amante de los dados, bebedor y blasfemo. De este mismo modo, al amanecer creía dormirme para soñar que me convertía de nuevo en Sacerdote.
Todo comenzó cuando yo tenía veinticuatro años, desde la infancia tuve la vocación de Sacerdote, y a ello dediqué todos mis estudios, hasta entonces mi vida sólo había sido un largo noviciado; y a pesar de mi corta edad mis superiores me consideraron digno de dar el último paso, el de ordenarme Sacerdote. Nunca vacilé en aceptarlo, y cuando llegó el maravilloso día de mi ordenamiento me encaminé a la iglesia con gran alegría y entusiasmo. Pero en la sagrada ceremonia levanté por casualidad la cabeza, que hasta entonces había tenido agachada, y vi delante de mí, a una distancia tan corta que casi habría podido tocarla -aunque en realidad estaba muy lejos, al otro lado de la balaustrada-, a una mujer extrañamente bella y espléndidmante vestida. En ese instante cambió mi vida. El resplandor de Cristo se disipó, palidecieron los cirios igual que las estrellas al alba, y una oscuridad absoluta cubrió el templo. La deliciosa criatura se destacaba entre las sombras como si fuese la aparición de un ángel; parecía iluminada por su propio fulgor, del cual el día era apenas un triste reflejo.
Desvié la mirada, dispuesto a no dejarme dominar por la influencia de objetos externos, porque la progresiva distracción apenas me dejaba ser dueño de mis actos.
Un minuto después abrí los ojos de nuevo, porque a través de mis pestañas conseguía verla radiante con los colores del prisma, en medio de una penumbra púrpura, semejante a la que aparece cuando encaramos al sol.
¡Era tan hermosa! Los pintores más célebres, que después de buscar en el cielo la belleza ideal nos han legado el divino retrato de la Virgen, ni siquiera logran acercarse a una realidad tan maravillosa. No hay verso de poeta ni paleta de pintor capaz de describirla. Era alta, con un talle y un porte dignos de una Diosa; sus cabellos, delicadamente rubios, se deslizaban sobre sus sienes como si fuesen ríos de oro: parecía una Reina con su diadema; su frente, con su traslúcida y azulada palidez, se extendía de forma serena y apacible sobre el arco de sus cejas castañas, en una característica que lograba acentuar el efecto de sus ojos verde mar, de una vivacidad y esplendor sencillamente insondables.
¡Que ojos! Podían determinar, con un guiño, el destino de un hombre; nunca he visto otros ojos tan llenos de vida, de limpidez, de ardor, tan brillantes y rutilantes; despedían rayos que, como venablos, me alcanzaban el corazón. No sé si la llama que los encendía procedía del cielo o del infierno, pero no hay duda de que venía de alguno de estos dos lugares. Esa mujer era un Ángel o un Demonio; puede que ambos. Desde luego no procedía del vientre de Eva, nuestra Madre común.
Una dentadura perfecta resplandecía en su sonrisa, y pequeños hoyuelos herían el delicado raso de sus adorables mejillas con cada leve gesto de su boca. Su nariz mostraba la suavidad y orgullo propios de una Reina, demostrando la nobleza de su origen. Sobre la piel tersa y reluciente de sus hombros titilaban brillantes de ágata, y le caían sobre el pecho hileras de gruesas perlas doradas, de un tono idéntico a su cuello. A veces su cabeza se erguía con un movimiento ondulante de serpiente o de vanidoso pavo real, dotando un ligero temblor a la alta gorguera bordada que la rodeaba como si fuese un enrejado de plata.
Lucía un traje de terciopelo nacarado, y de sus amplias mangas forradas de armiño brotaban sus manos patricias, infinitamente delicadas, con dedos largos y torneados, cuya transparencia ideal el día atravesaba como si fuese la aurora.
Recuerdo cada detalle con la misma nitidez que si lo hubiese visto ayer, y aunque me abrumaba absolutamente todo aquello, nada se me escapaba; el rasgo más leve, el pequeño lunar en el extremo de su barbilla, el imperceptible vello de la comisura de sus labios, el terciopelo de su frente, la trémula sombra que las cejas lanzaban sobre sus mejillas: todo lo percibí con asombrosa lucidez.
Noté que al admirarla se habrían en mí puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. Sus ojos eran un poema animado por la música de sus miradas.
Aquellos ojos me decían:
- Si deseas ser mío, yo te haré más feliz que el propio Dios en su paraíso; los Ángeles te envidiaran. Rompe ese sudario con el que pretenden envolverte; yo soy la belleza, yo soy la juventud, yo soy la vida: si vienes, seremos el amor.¿Qué podría ofrecerte en cambio Jehová? Nuestra existencia se deslizará como un sueño y se convertirá en un beso eterno. Derrama el vino de ese cáliz y serás libre. Te conduciré a islas desconocidas, dormirás a mi lado en un lecho de oro y bajo un dosel de plata; porque te amo y deseo arrebatarte a tu Dios, hacia que tantos corazones vierten ríos de amor, sin alcanzarlo jamás.
Me pareció escuchar esas palabras como si estuviesen acompañadas de un acorde infinitamente dulce, en ese momento no deseaba otra cosa que renunciar a Dios, no deseaba otra cosa que sucumbir a los encantos de aquella bella Damisela que me miraba tan dulcemente, no deseaba otra cosa que salir corriendo con ella a ese sitio que me prometían sus miradas, hice tantos esfuerzos para gritar que no quería ser Sacerdote que habría podido arrancar una montaña. Pero no lo logré. Para cuando quise reaccionar la Ceremonia se había consumado: era Sacerdote.
Volví a mirar el precioso rostro de la Doncella, y pude comprobar que con toda su hermosura me miraba como si fuera una muchacha cuyo amante cae a su lado, repentinamente fulminado; aparté la mirada con una expresión de enorme culpabilidad, y me encaminé hacia la puerta de la iglesia como si me hubieran condenado a prisión para el resto de mis días.
Estaba a punto de cruzar el umbral cuando, bruscamente, una mano aferró la mía. ¡Una mano de mujer! Era fría como la piel de una serpiente, y a pesar de ello su huella ardió en mi piel como si fuese una marca de hierro al rojo vivo. Era ella.
- ¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho?
- me susurró, e inmediatamente se perdió entre la multitud.
Luego en el camino hacia el seminario, un Paje negro, extrañamente vestido, se me acercó y me dio, sin detener su paso, una cartera pequeña, recamada en oro, haciéndome señales para que la guardase. La dejé caer dentro de la manga y esperé a encontrarme de nuevo solo en mi celda. Hice saltar el broche; solo tenía dos hojas, con estas palabras escritas: “ Clarimonda, Palazzo Concini”.
Al cabo de unos días el Abad Serapione me condujo a la lejana parroquia que me habían designado como Sacerdote.
Pasó un año y todavía no había logrado olvidarme de la belleza sobrenatural de Clarimonda, del brillo incandescente de sus ojos, de la marca de fuego de su mano...
¡Estaba obsesionado con volver a verla!
Pero una oscura noche, un hombre de piel cobriza, ostentosamente vestido con ropas extrajeras, vino a buscarme para que oficiara un servicio fúnebre; una gran Dama de alcurnia se estaba muriendo, y necesitaba que le diese la extremaunción.
Aquella poderosa Dama resultó ser la bella Clarimonda, acababa de morir poco antes de que nosotros llegáramos, sus criados lloraban su muerte, y yo al verla, y comprobar que la había perdido para siempre, lloré su perdida desconsoladamente, lloré como nunca lo había hecho antes...
Antes de irme de su lado, no pude resistir la tentación, de besar los dulces labios de mi amada. Pero, cual fue mi sorpresa, que Clarimonda respondió mágicamente a mi beso, y anunció dulcemente, antes de volver a expirar de nuevo, que volvería a verme muy pronto.
Poco tiempo después, y durante los siguientes tres años, recibí cada anochecer la visita de mi amada Clarimonda, todas las noches me llevaba con ella a Venecia para que fuera su amante. Pero cada amanecer volvía a despertarme en mi parroquia; asta que al volver a caer la noche, de nuevo volvía a encontrarme al lado de Clarimonda...ni siquiera hoy día he conseguido saber si aquello que viví, durante esos tres años, fue realidad o una tenebrosa ensoñación.
Mi extraño comportamiento inquietó al Abad Serapione, que se acabó enterando de mi sombría situación con Clarimonda.
Este no tardó en prevenirme contra ella, diciéndome con inquietud y severidad:
- Hijo mío, tengo que advertirte que tienes un pie al borde del abismo. Ten cuidado de no caer. Las garras de Satanás son largas y sus tumbas no son siempre definitivas. Un triple sello debería cerrar la lápida de Clarimonda porque, según se dice, es una Vampiresa, aunque yo creo que es el propio Belcebú en persona. Has de saber que durante siglos, ella a regresado en más de una ocasión de entre los muertos. ¡Que Dios cuide tu alma, Romualdo!
Serapione estaba en lo cierto, casi todos los amantes que había tenido la bella Clarimonda habían encontrado un final horrible o violento. Y la lóbrega leyenda que se cernía sobre ella era realmente extraña.
Se cuenta que la Gran Cortesana Clarimonda era la Dama más poderosa y rica de toda Italia, en vano los jóvenes Patricios y hasta los ancianos del Consejo de los Diez le hicieron fabulosas propuestas de amor; un Foscari llegó a pedirle su mano; incluso el Príncipe, loco de amor por ella, le regaló el admirable Palacio Concini. Clarimonda estaba saturada de oro y riquezas, y su influencia no conocía límites; ella habría determinado en más de una ocasión, entre las sábanas de sus poderosos amantes, las decisiones políticas más importantes del país.
Toda Italia se rendía a sus pies.
Una noche la bella Clarimonda fue hallada muerta en su Palacio, después de una orgía que duró ocho días y ocho noches. En medio de un esplendor infernal, se repitieron las perversidades de los festines de Balthazar y de Cleopatra. Esclavos negros que hablaban una diabólica lengua desconocida servían a los ilustres invitados; la librea menor de ellos habría servido de gala de un Emperador. Una oscura y hermosísima Dama, perteneciente a la Alta Aristocracia de la Europa del este, había sido invitada a ese depravado festín, se ha rumoreado que aquella joven y Noble Señora, era la Condesa Elizabeth Bathory (La Condesa Sangrienta), conocida también como Carmilla.
Carmilla era una hermosa y peligrosa Vampiresa que se bañaba en la sangre de sus víctimas, para mantener su preciosa piel delicadamente suave y blanca.
Muchos afirman, que en la octava noche de aquel pecaminoso evento, poco antes de encontrar a Clarimonda muerta; en una lujosa estancia del Palacio Concini, las bellísimas Carmilla y Clarimonda mantuvieron una apasionada aventura amorosa, parece ser, que a través de voluptuosos Besos de Sangre, Carmilla convertiría a Clarimonda en su Hija de la Oscuridad.
Unos días después de aquella noche, Clarimonda volvió mágicamente de la Tumba, totalmente restablecida, aunque ahora no solía dejar sus habitaciones si no era de noche.
En el Palacio Concini comenzaron a tener lugar hechos verdaderamente terribles, y las gentes que se aventuraban a entrar a sus fastuosas salas, desaparecían sin dejar señal de vida.
No obstante, no pude dejar de amar a Clarimonda, ella no cesaba de prometerme una y otra vez, que hasta que me conoció solo había experimentado el deseo, jamás el amor.
Pasó el tiempo, y la bella Clarimonda y yo nos amábamos más que Romeo y Julieta, pero una noche pude descubrir toda la verdad, todas aquellas leyendas eran ciertas, mi amada Clarimonda se estaba sirviendo de mi sangre para mantenerse viva. Lo descubrí al no quedarme dormido profundamente como todas las noches, ya que en esa ocasión, no me había bebido la exquisita copa de vino sazonado, que Clarimonda solía prepararme.
Al día siguiente de aquel horrible suceso, cuando desperté en la iglesia como Sacerdote, el Abad Serapione más serio y preocupado que nunca me dijo:
- No contento con perder tu alma, quieres perder también el cuerpo. ¡Joven infeliz, cómo has podido caer en esa trampa!
- Después de decirme aquellas palabras, me arrastró hasta el cementerio, ante la gran tumba de Clarimonda.
El Abad Serapione retiró la Lápida que sellaba aquella Tumba; y obligándome a contemplar como la bella Clarimonda descansaba en su Ataúd, pronunció:
- ¡Ah, Demonio! ¡Estás aquí! ¡Cortesana maldita, bebedora de sangre y de oro!
Roció el precioso cuerpo de Clarimonda con agua bendita.
En cuanto el sagrado líquido tocó a mi amada, esta se desvaneció en el vacío, en forma de polvo milenario; y mientras miraba aquel amargo momento con tristeza, comprendí que en ese instante, mi vida y mi alma se habían salvado.
Aún así siempre lamentaré su ausencia, que todavía hoy lloro.
Lo único que me tranquiliza, es que aquello no bastó para destruir a la bella Clarimonda, ya que poco tiempo de acontecer aquello, la Gran Clarimonda se presentó ante mí, y me dijo:
- ¡Desdichado! ¡Desdichado! ¿Qué has hecho? ¿Por qué has oído a ese Sacerdote necio? ¿Es que no eras feliz? ¿Qué te hice para que profanaras mi Tumba y dejaras al descubierto las miserias de mi nada? Todo el diálogo entre nuestras almas y cuerpos se ha roto ahora y para siempre. Adiós. Sentirás mi ausencia.
Estadísticas
| Botín total: | 9.091,80 litros de sangre |
| Víctimas mordidas (link): | 0 |
| Combates: | 101 |
| Victorias: | 19 |
| Derrotas: | 82 |
| Empates | 0 |
| Oro adquirido: | ~ 0,00 ![]() |
| Oro perdido: | ~ 3.000,00 ![]() |
| Daño causado: | 1775.72 |
| Puntos de vida perdidos: | 11200.51 |
Habilidades de Clarimonda:
| Nivel del personaje: | Nivel 8 |
| Fuerza: | ![]() (18) |
| Defensa: | ![]() (15) |
| Agilidad: | ![]() (15) |
| Resistencia: | ![]() (16) |
| Destreza: | ![]() (16) |
| Experiencia: | ![]() (309|320) |
La estadística del Santuario Ancestral Clarimonda
| Desafíos intentados: | 0 |
| Desafíos exitosos: | 0 |
| Desafíos perdidos: | 0 |
Centinela de Clarimonda
| Tipo de centinela: | Perro |
| Nombre del centinela: | Perro |
| Asalto: | ![]() (4) |
| Defensa: | ![]() (5) |
| Resistencia: | ![]() (4) |
Datos del perfil
| Género: | Femenino |
| Edad: | 20-25 Años |
| Localización: | Venecia (Italia) |
| Número de ICQ: | --- |
| MSN Messenger: | --- |
| Yahoo Messenger: | --- |
| AIM-nombre: | --- |
| Jabber ID | --- |
| Skype ID | --- |
Arena
Clarimonda No ha conseguido un reconocimiento especial en el ranking de la arena.


(18)
(309|320)